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El mensajero sin mensaje

No importa la medición, no importa cuáles sean los nombres que se estén evaluando, sólo hay un número que se mantiene estable: la cantidad de personas que asegura no sentirse identificada con ningún pre candidato o partido.

Ese número oscila alrededor del 60%, porcentaje representaría más o menos unas 2,130,000 personas en 2022. Si proyectamos que tendremos un 32% de abstencionismo, hablamos de 1,448,000 personas que buscan algo o alguien que los represente.

Si lo vemos desde el otro lado, hoy todos los partidos políticos son minorías que crecen en función de la circunstancia o la persona. La fidelidad a una bandera o a una ideología es asunto de pocos, hoy la mayoría busca la mejor opción según su realidad. Y eso es justamente lo que los políticos olvidan, las personas no votan por ellos, votan por sí mismas.

Lo impredecible de las elecciones del 2014 y del 2018 nos confirmaron que la decisión de voto se toma cada vez más cerca de las urnas, contrario a lo que sucede en los procesos de compra actuales donde la decisión se toma cada vez más lejos del punto de venta.

Entonces, si las campañas inician, por lo menos, cuatro meses antes del día de las elecciones, ¿por qué se definen tan cerca del final? ¿Por qué el proceso se invierte siendo lógicas semejantes?

Lo sencillo es responsabilizar a las personas acusándolas por su falta de interés en los procesos electorales o por no informarse correctamente. Lo más honesto, y correcto, sería hacer un mea culpa y aceptar que toda la responsabilidad es de los mismos políticos.

¿Quién es el héroe de la historia?

Aunque no existe una carrera universitaria formal para serlo, no deja de ser curioso cómo la gran mayoría sigue las reglas del Manual no escrito del mal político. Es por eso que a la hora de comunicarse se venden a sí mismos como el «héroe» que hará del país un lugar mejor.

Pero el político nunca debe ser el héroe de la historia, es el electorado. O sea, toda la planeación se hace partiendo del sentido equivocado.

El político tiene como única misión en campaña el buscar votos. Para ello se compromete a acciones futuras que, en teoría, harán que la persona lo respalde en las urnas. En un país como Costa Rica, que es relativamente estable, los márgenes de maniobra para propuestas son estrechos, así que muchos políticos recurren a cualquier circunstancia para proponer algo que «enamore» al electorado.

Tomemos el ejemplo reciente del ex presidente y pre candidato José María Figueres Olsen.

Don José María propuso el 18 de abril de 2021 comprar vacunas contra el COVID-19 a $15 y venderlas a $100 para fomentar el turismo y reactivar la economía. Ésto justamente después de recibir él la primera dosis de la vacuna.

A simple vista la idea tiene sentido. Comprar un bien muy necesitado a un precio barato para venderlo más caro a alguien que esté interesado.

Pero para cualquier persona medianamente informada sobre el proceso de vacunación, la idea de don José María es imposible de materializar. Al momento de hacer la propuesta ni hay vacunas suficientes en el mundo para abastecer al sector privado, ni Costa Rica tiene trato preferente. Aparte que para muchos países tienen precio fijo por la iniciativa COVAX, a la cual pertenecemos. O sea, aunque fuera posible, que no lo es, cualquier país podría hacer lo mismo. En resumen, no tiene sentido.

Con esa propuesta don José María quiso venderse con «el héroe que viene al rescate de la economía nacional». Pero al igual que la gran mayoría de los políticos, cayó en la trampa de creer que el mensajero es el mensaje, o que él es el héroe. Eso sólo funciona cuando existe un sesgo de confirmación, más allá es inútil.

Cada vez que un político inicia su comunicación desde el «yo», yo soy, yo tengo, yo propongo, yo haré, coloca lo más importante, al electorado, en un segundo plano. Y eso es un grave error.

El candidato como herramienta

Todo voto es emocional y se puede ser el candidato de la esperanza, o el candidato que se beneficia del miedo o el castigo contra un tercero.

Y aunque todos quieren ser o actúan como el «candidato de la esperanza», cuando tenemos un 60% del electorado que no sabe o no responde, la realidad es que más allá del sesgo de confirmación, todos son candidatos de plan B o por descarte. Ninguno es lo suficientemente atractivo para generar esperanza en masa. La apuesta de todos, a hoy, es ser la «opción menos mala».

Pero para ser el candidato de la esperanza, el político debe convertirse en la herramienta a través de la cual el héroe (el electorado) vería materializado su ideal de estar mejor. Es así de sencillo. Y eso no se logra con un yo soy, yo tengo, yo propongo o yo haré. Se logra entendiendo el problema de cada persona y construyendo una propuesta la motive a pasar a la acción. Si la persona no entiende la propuesta, si no la interioriza y no la siente como suya, la ignorará.

Hay una máxima de la comunicación que versa que lo importante no es lo que yo diga, sino lo que usted entienda. Ergo, es responsabilidad de todo político el darse a entender. Y eso es justamente lo que no sucede. Por eso lo más sencillo es recurrir a la propuesta populista, como vender vacunas que no existen en el mercado. De ahí la falta de interés del electorado.


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4 comentarios

  1. Marco A. Mora von Rechnitz

    Excelente artículo, muy bien articulado.

    • estebanmora

      Muchas gracias. 🖖🏻

  2. Maricela Méndez Ruiz

    Muy interesante. Pero en un contexto patriarcal y una tradición paternalista -papá- Estado) el electorado quiere UN mesías?

    • estebanmora

      Es una buena analogía. Si, lo anda buscando. Aunque más que un mesías, busca un guía.

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