Atrás quedaron los años en los que la pauta publicitaria podía cambiar el curso de una contienda electoral. Hoy las campañas se desarrollan sobre múltiples plataformas y entre audiencias más líquidas y volátiles, lo que define un terreno de juego mucho más complicado. Y por eso llama la atención como la frase de un anuncio sobreviviera para resumir cómo muchos escogemos hoy a nuestros gobernantes.

Para la campaña electoral del 2010 las posibilidades del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC) eran nulas. La agrupación había sufrido sendos golpes con las acusaciones de dos de sus ex presidentes: Miguel Ángel Rodríguez y Rafael Ángel Calderón Fournier.

Rodríguez fue condenado y luego exonerado en dos sentencias por el caso ICE – Alcatel, mientras que Calderón Fournier fue condenado a tres años de prisión con ejecución condicional de la pena por el caso CCSS – Fischel.

Ante el difícil panorama Luis Fishman, candidato por el PUSC para esa elección, buscó la ayuda de Giovanni Bulgarelli, publicista que había ideado cuatro años antes la campaña de Ottón Solis (PAC) contra Óscar Arias (PLN).

Bulgarelli evitó idear una consigna que presentara a su cliente como la mejor opción, en su lugar optó por presentarlo como “el menos malo”:

Anuncio de “el menos malo”.

Como se esperaba, al final el resultado no fue bueno para Fishman quien obtuvo apenas el 3,88% de los votos, el segundo peor resultado del partido en su historia. Pero la frase caló dentro de la jerga electoral nacional.

¡No hay por quién votar!

Si le prestamos atención a la evolución de las últimas tres campañas presidenciales vemos que cada vez hay menos candidatos con una reconocida trayectoria política, lo que dificulta tomar una decisión rápida.

Si a eso le sumamos que los partidos cada vez se ven más reducidos en su voto duro, y teniendo el pueblo la necesidad de descubrir quién es cada candidato, la decisión se vuelve más difícil, calzando aquí como anillo al dedo lo descrito por el psicólogo norteamericano Barry Schwartz en su paradoja de las opciones.

Para muestra un botón. En Costa Rica en la pasada campaña el porcentaje de personas indecisas se redujo en apenas 13 puntos (de 40% a 27%) entre octubre de 2017 y mediados de enero de 2018, según datos del CIEP. Y eso sin contar la volatilidad de quienes estaban decididos a votar.

El tener que decidir nosotros entre trece opciones poco reconocidas o relevantes hacía más complicada la elección, de ahí que fuera común escuchar a alguien decir que no había por quien votar.

Lo curioso del caso es que si no hay por quién votar y nos decantamos por el menos malo le estamos haciendo un gran favor al país, y no necesariamente porque el menos malo es el mejor, como decía el anuncio.

La razón…

Si decidimos no votar por considerar que no existe la opción perfecta, lo que estamos haciendo es apoyando un sistema que tenderá a la mediocridad. Esto porque el candidato que suprima mejor la participación de los votantes contrarios será el ganador.

Por otro lado, si decidimos votar por quien a conciencia consideramos la opción menos mala, lo que hacemos es encarrilar el sistema sobre un círculo virtuoso de mejoramiento constante, gracias a la necesidad que tendrán los candidatos por ser no tan malos como sus rivales.

Nótese la diferencia. Si se cae en la parálisis por análisis (no hay por quién votar) la estrategia para ganar es evitar que la gran mayoría vote, imponiéndose la decisión de unos pocos que pueden ser fácilmente manipulados.

Pero si existe la responsabilidad de votar, aunque sea por el menos malo, los candidatos, y con ellos sus equipos y partidos, están en la obligación de buscar y aplicar mejoras marginales para verse mejor que sus rivales.

Si votamos por quien aplique la mayor cantidad de mejoras, no importa cuán pequeñas parezcan, éstas mejoras se trasladan automáticamente al sistema y formarán parte del todo. En otras palabras gana el sistema, y con él nosotros.

Tomemos el ejemplo de las elecciones municipales en Costa Rica de 2016. La participación total fue de apenas un 35% del electorado, contrario al 65% en las presidenciales. Tan poca gente participa de las municipales que la contratación de un autobús para transporte por parte de un candidato puede ser suficiente para asegurarle el triunfo, y eso no necesariamente beneficia al sistema.

Así que la próxima vez que usted diga o escuche a alguien decir que no hay por quién votar recuerde que elegir a conciencia y con regularidad al menos malo puede ser lo que el país necesita.


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