El aviso se había dado varios meses antes de que diera inicio el campeonato Mundial de Fútbol Rusia 2018; por primera vez en la historia reciente los 64 partidos no estarían disponibles en televisión abierta en el país.

Lo usual era que las dos grandes televisoras, Teletica y Repretel, se repartieran los derechos, o alguna de las dos los tuviera, de manera que los partidos podían ser vistos por cualquier persona. Pero en esta ocasión fue diferente, Teletica tendría 34 partidos, incluidos los de la selección nacional, mientras que TD+ tendría los mismos 34 más los 30 restantes.

El pequeño detalle es que TD+ es un canal de deportes disponible solo en Cabletica (cablera en parte propiedad de Teletica), vía web o a través de una aplicación móvil. En otras palabras, para ver estos 30 partidos adicionales era necesario pagar $6 por acceder a las plataformas de TD+, o ser cliente de Cabletica.

Las críticas en redes sociales no se hicieron esperar. Sin embargo, parece que hay un detalle que la costumbre nos ha hecho olvidar, o tal vez nunca lo hayamos contemplado: producir y difundir contenido tiene un costo. Y los partidos del Mundial de fútbol no están exentos.

Un costo oneroso

Es difícil encontrar una referencia al precio de los derechos de transmisión, pero una noticia en Tuoi Tre, uno de los principales periódicos vietnamitas, nos da una idea. El 06 de junio de 2018 este diario publicó que aún VTV, una cadena de televisión propiedad del gobierno de Vietnam, no había comprado los derechos a una semana de iniciar el Mundial. Infront Sports & Media, distribuidora de los derechos, pedía US $15 millones por el paquete completo, incluidos los 64 partidos. VTV consideraba el precio excesivo y ofrecía pagar $8 millones.

La noticia también nos ofrece además un detalle interesante, que el precio de los derechos de transmisión para el mercado vietnamita se habían catapultado, pasando de $2 millones en 2006 a $7 millones en 2014.

Desconozco si los derechos de transmisión estén en función del tamaño del mercado (Vietnam tiene poco más de 90 millones de personas), pero si algo queda claro es que los precios no solo son altos, también han ido creciendo.

Cambios en el consumo

Netflix, uno de los mayores disruptores de la industria del entretenimiento, no solo acabó con el alquiler de DVDs, llevando de paso al gigante Blockbuster a la quiebra, también obligó a las grandes cadenas como HBO y Disney a responder con sus propios sistemas de vídeo por demanda.

Apple, con el binomio iTunes – iPod, le dio un fuerte golpe a la industria de la música al romper le hegemonía del LP o CD, pero luego Spotify cambió por completo el modelo de negocios. La música ya no se vende, ahora se alquila.

Ya no estamos obligados a ver vídeo exclusivamente en el televisor, ni a ajustarnos a un horario específico, ahora lo vemos en distintos dispositivos y a la hora que nos plazca.

Cambios en la producción

Cambios tecnológicos también bajaron radicalmente las barreras de acceso a la producción de contenido. En los 80s un músico dependía de una casa disquera para grabar y distribuir su música, hoy puede grabarla desde su casa con su computadora personal, y distribuirla directamente a través de servicios como Spotify o Deezer.

La edición de vídeo, otrora limitada a grandes estudios o canales de televisión, hoy está al alcance de cualquiera, inclusive desde un teléfono celular.

Pero el hecho de que cualquiera de nosotros tenga las herramientas para crear contenido también ha generado que lo haya en exceso.

Pagar por contenido

Transmitir un partido de fútbol implica el pago de salarios de camarógrafos, productores, editores y narradores, entre otros, así como el uso de cámaras, equipos de producción, estudios físicos, electricidad, conectividad, unidades móviles, etc. Y alguien debe pagar por eso.

Se puede subsidiar gracias a la publicidad para que el producto sea de libre acceso al cliente final, pero no todos los modelos de negocios pueden o deben funcionar igual. E Internet nos dejó una mala costumbre de creer que todo el contenido digital es gratis.

Durante muchos años Internet logró mantener la producción de contenido gracias al subsidio de la publicidad, pero la estructura del negocio hizo que se le diera prioridad a esta sobre la experiencia de usuario. Luego aparecieron los ad blockers y con ellos el usuario volvió a tomar el control de la navegación.

Entonces, si la publicidad ya no puede subsidiar toda la generación del buen contenido, necesitamos aprender a pagar por él.

Parece ser gratis, pero no

Que podamos acceder a un vídeo a través de YouTube no significa que la producción de ese vídeo haya sido gratis. Alguien tuvo que conceptualizarlo, crearlo, editarlo, pagar la conexión a Internet, invertir su tiempo, etc.

Cierto, Internet mueve mucho dinero en publicidad, pero éste se suele diluir en cientos de miles de proveedores, y quienes más reciben son aquellos que más tráfico tienen. Pero esta no alcanza para mantenerlos a todos, y hay mucho contenido de nicho que no tendrá el tráfico necesario para que un modelo basado en la publicidad lo pueda mantener.

Si hay contenido que nos mantiene informados, educados o entretenidos, y éste no genera el suficiente tráfico como para mantenerse a base de publicidad, pagar por él es la única forma que podemos asegurarnos de que siga produciéndose.

Esto además tiene dos ventajas. Por un lado hay proyectos que por el tipo de contenido que generan deben mantener su independencia. En otras palabras, no deberían aceptar ningún tipo de publicidad. Financiados por el público pueden mantenerse libres de fricciones. Y por otro, el productor debe esforzarse en crear más contenido de calidad, de lo contrario corre el riesgo de perder el respaldo financiero de la audiencia.

La hora tica y Suave un toque son dos ejemplos de proyectos que nacieron al calor de la campaña electoral de 2018 y que por sus características difícilmente encontrarán un respaldo publicitario, a pesar de la utilidad del contenido.

¿Promesa o estrella?

Ahora bien, a la hora de pagar por contenido hay una curiosa disyuntiva: ¿pagamos por él cuando se haya consolidado o pagamos para que se pueda consolidar?

Si decidimos esperar a que el productor del contenido consolide su producto, posiblemente muchos no tengan la facilidad o los recursos para lograrlo y el proyecto no pasará de un intento. Pero si decidimos apoyar una propuesta que nos parece que tiene potencial, estaremos ayudando a que se consolide. O por lo menos le estaremos dando una oportunidad.

Pagar por ver partidos de un campeonato mundial de fútbol no será la excepción, será la norma a muy corto plazo. ¿Y si pagamos por ver partidos, por qué no pagarle a un productor independiente por su contenido?

Aplicando una analogía del mundo del fútbol, hablando de contenido, puede que muchas estrellas nos entretengan, pero tiene más mérito apoyar a una promesa.


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